«Me preguntaron qué quería hacer. Abortar, sin duda»

Más de 113.000 mujeres interrumpen su embarazo cada año en España. Unas 5.000 son adolescentes. Como Lara, una chica de Gijón de 15 años que hace un mes abortó con el respaldo de sus padres

 YOLANDA VEIGA

La magia infantil dura demasiado poco, pero a los 15 años la noche de Reyes todavía tendría que ser una velada especial. Lara se la pasó llorando. Esa noche y la siguiente y la otra… y todas las de la semana. Llanto terapéutico para liberar el estrés. La bienvenida al mundo de los mayores de esta adolescente de Gijón fue más bien grotesca.

Cuenta con la cabeza gacha que se quedó embarazada, que la ‘pilló’ su madre y que decidió abortar. Del susto al alivio. Y ahora, a otra cosa que ni ella sabe muy bien lo que es. Se queja su madre de que Lara «juega a cosas de adultos y tiene reacciones de niña», pero cuando esta chavala tímida y espigada habla, parece que lo hace una persona madura: «Si un vaso lleno se cae, el agua se pierde y no hay manera de recuperarla». Se refiere a la confianza que tenían en ella sus padres antes de que la vida se le volviera del revés.
Lara abre la boca y se le atascan las palabras. Y como con un taquígrafo imaginario, su madre, que la mira entre severa y cariñosa, lo va registrando todo. El padre -cuenta- todavía está tratando de asimilar que «eso» le pasó a su «hijita». Lara estaba de once semanas cuando fue a abortar, el pasado 5 de enero. La actual ‘ley de plazos’ que aprobó el Gobierno de Zapatero en julio de 2010 permite la libre interrupción del embarazo hasta las 14 semanas, aunque exige a las menores de 16 años el consentimiento paterno.
El Partido Popular quiere ampliar esta exigencia también a las chicas de 16 y 17, que ahora pueden tomar esta decisión sin contarlo en casa siempre que aleguen conflicto familiar. El anuncio lo hizo hace unos días el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, que avanzó sin concretar un regreso a la ley de supuestos que despenalizará el aborto solo en determinadas circunstancias.
Dos datos. El número de abortos en 2010, con la actual legislación de plazos ya en marcha, creció hasta 113.000; es decir, casi el 20% de las gestaciones terminaron en aborto (los nacimientos no llegan ya al medio millón al año). En 2009, cuando todavía nos regíamos por la más estricta normativa de supuestos de 1985, se contabilizaron 111.500. Son 1.500 abortos más, pero la cifra se queda muy por debajo de los 115.812 de 2008, cuando España rompió el techo de sus estadísticas.

– ¿Es una cifra para asustar?

– Son muchas mujeres, sí, porque el aborto es un fracaso siempre. Pero no estamos en números alarmantes, son bastante asequibles -asegura Roberto Lertxundi, médico y miembro de la Sociedad Española de Contracepción-.
– En 2001 se contabilizaron menos de 70.000 abortos. Estamos ya casi en el doble.
– Hay un dato básico, la reciente inmigración de Europa del Este, África y Latinoamérica, donde tienen unos hábitos de salud más deficientes. En Rumanía, por ejemplo, el aborto ha sido durante mucho tiempo el método anticonceptivo, allí abortan hasta ocho o diez veces -insiste Lertxundi-.
Según las tablas del Ministerio de Sanidad de 2010, el 60% de las mujeres que abortaron eran españolas y el 40%, extranjeras.

Un ‘Predictor’ en el bolso

De todas ellas, alrededor de 5.000 son menores de edad -no hay datos más precisos porque las estadísticas del ministerio tienen un único bloque de ‘hasta 20 años’-. Un colectivo, advierte Lertxundi, que irá ‘in crescendo’ en los próximos años. «Nuestras madres empezaron a tener relaciones a los 19 años. Pero hoy ya las tienen con 15 ó 16».
Lara es una de estas chicas precoces. Su madre inicia el relato: «Yo le controlo la regla, sabía que en diciembre no le había bajado y me parecía que en noviembre tampoco, aunque ella decía que sí. Su padre le empezó a notar el pecho más grande y yo también se lo veía distinto. Lo tocaba y estaba más duro, con pezones como de embarazada». Buscando algo en el bolso de Lara, encontró un ‘Predictor’ con resultado positivo: «Su padre me dijo: ‘Ya verás cómo se inventa algo’. Y efectivamente, nos dijo que era de una amiga, que le iban a gastar una broma… No la creímos».
De la misma, su madre bajó a la farmacia a comprar otro test y repitieron la prueba. Positivo. «Me quedé sorprendida, pero en ese momento no sentí nada. Solo supe que había cometido un error muy grande», sale Lara poco a poco de su caparazón. Ella no fue capaz de reaccionar, su padre se sintió «defraudado», sus hermanas pequeñas -tiene dos, de 14 y 12 años- dejaron de hablarle al principio y a su madre le brotó más la rabia que el miedo: «Que en el siglo que estamos, con la información que tienen y tanto como saben, caigan en esto… Nunca pensé que siendo como es ella le fuera a pasar». Las mismas palabras que habrán repetido muchos padres.
Sí, los chavales saben mucho. Tanto que es casi contraproducente, advierten los psicólogos. «No hay un solo chico que no sepa que tiene que ponerse un condón, pero hace falta que se lo pongan, porque tienen una percepción del riesgo floja. Dicen: ‘Yo ya lo he hecho otras veces sin preservativo y no ha pasado nada, a mí no me va a tocar’. Hay que cambiar esa idea, hay que invertir en educación sexual desde el colegio», advierte José Luis Beiztegi, de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología. No hay nada reglado en el programa escolar, como mucho se imparte alguna charla.
En Holanda y Alemania, los países europeos con las tasas de abortos más bajas (un 12% y un 10%, respectivamente, del total de embarazos), la educación sexual se imparte en el aula. «Las madres alemanas tienen miedo a que su hijo fume, no a que folle. Aquí sucede al revés», anota gráficamente Roberto Lertxundi.
Porque en España una de cada cinco mujeres no usa ningún método anticonceptivo (un 18,1%, según datos de la Sociedad Española de Contracepción). Y una de cada siete ha recurrido alguna vez a la píldora del día después, que se dispensa sin receta en farmacias y centros sanitarios desde agosto de 2009. El Gobierno del PP ha encargado un informe para conocer los efectos de la píldora postcoital en la salud antes de decidir si la sigue financiando y suministrando sin la autorización expresa del médico, anunció el miércoles la ministra de Sanidad, Ana Mato.
Más del 60% de las españolas está a favor de que se venda libremente, pero los expertos advierten de un doble efecto, en positivo y en negativo: «Puedes evitar que se te vaya al traste la vida por un descuido o una torpeza, pero también se puede haber convertido en un canal para gestionar la irresponsabilidad de manera truculenta», advierte Beiztegi. Decir que los chavales la piden de madrugada en los hospitales como si fueran chuches es mucho decir, pero sí hay, especialmente entre los más jóvenes, cierta «despreocupación o indolencia» a la hora de tener relaciones sexuales sin protección.

«No pegué ojo»

Lara y su novio habían usado preservativo en aquella ocasión, pero no lo comprobaron y falló. «El 20 de diciembre supimos que estaba embarazada y yo no pegué ojo esa noche pensando en cómo arreglarlo. A las siete de la mañana del día siguiente fui a hablar con su médico de cabecera, no tenía ni cita», sigue con el relato la madre de Lara. Ella se movió, pero fue su hija quien tomó la decisión. «Me preguntaron, pero yo tenía claro desde el principio que quería abortar. Doy gracias a que mis padres me apoyaron entonces. Si no ahora estaría embarazada de cuatro o cinco meses…», se estremece.
Abortó en la clínica Belladona de Gijón, uno de los centros acreditados para la interrupción del embarazo. Practican 70 abortos al mes. Unas pocas chicas son menores de edad, y la mayoría van acompañadas de sus padres, como Lara. «Solo un 13% de las menores vienen sin que lo sepan en casa. Y cuando lo hacen es porque no pueden, porque sus padres están en la cárcel o desaparecidos, o porque creen que les van a dar una paliza… Es un colectivo pequeño pero muy vulnerable», advierte Blanca Cañedo, enfermera, vocal de la Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción del embarazo (Acai) y fundadora del centro Belladona.
Esas ‘pocas’ chicas de 16 y 17 años que hasta ahora podían abortar sin el consentimiento paterno se van a ver afectadas por el cambio de ley del Ejecutivo Rajoy. Cuando entre en vigor necesitarán el visto bueno de sus tutores, sí o sí. Advierte Cañedo de que la nueva normativa «las obligará a parir» y se pregunta para quién será ese niño luego. «Muchas veces se tiene que hacer cargo la abuela, algunas incluso llegan a denunciar a sus propias hijas para hacerse con la tutela de la nieta. Tengo una amiga de 57 años que el otro día me contaba preocupada que su hija toxicómana le reclamaba a la niña. Para algunas adolescentes el hijo se convierte simplemente en un juguete».
La experiencia le dice que la mayoría de los padres son partidarios de que sus hijas menores aborten, «aunque la decisión siempre tiene que ser de ellas», insisten en Belladona. Allí les entregan a las mujeres unos folletos informativos con las opciones que existen, tanto si quieren interrumpir el embarazo como si quieren seguir adelante, e incluso darlo en adopción, como recordó el otro día la ministra Ana Mato. «Se les obliga a dejar pasar tres días de reflexión», advierte Cañeda.
Lara ya lo tenía más que pensado y sus padres estaban de acuerdo con que abortara, pero tuvo que esperar 72 horas eternas. El 5 de enero por la mañana fueron a la clínica. «El peor momento fue cuando me hicieron la ecografía y confirmaron que estaba embarazada. Hasta entonces era como si no me lo creyera», rememora Lara. Como estaba casi de tres meses necesitaron intervenirla quirúrgicamente -hasta las siete semanas se puede hacer un aborto farmacológico con medicación que provoca un sangrado-.

Vigilancia ‘policial’

Antes de entrar en el quirófano, la psicóloga del centro le advirtió de lo que iba a pasar dentro. «Hay chicas que no se han sometido a una revisión ginecológica en su vida. Preguntan si les va a doler y les digo que es como un dolor de regla fuerte; si el médico es un hombre; si luego se podrán quedar embarazadas…».
El quirófano es un espacio amplio y aséptico que a Blanca le encantaría llenar con cuadros y colores. «Pero Sanidad no lo permite por cuestiones de higiene». Preside la sala una silla como las que se emplean en las revisiones ginecológicas y un monitor donde el médico sigue la intervención. «Algunas se derrumban aquí dentro, sueltan así la angustia acumulada durante días. Con su familia han disimulado, pero aquí lloran y moquean. Entonces les volvemos a preguntar si lo tienen claro».
Con el ecografista y el ginecólogo está también la psicóloga que acompaña a la mujer desde que entra por primera vez en la clínica. «Les hablamos, les damos la mano, les masajeamos la barriga. Es muy familiar. El médico no usa mascarilla cuando no hace falta, queremos que se vean la cara», explica la responsable de Belladona.
El material quirúrgico, lejos de asustar, sorprende por su ‘sencillez’: un espéculo como el que se usa en cualquier revisión ginecológica y una cánula de aspiración que se introduce en el útero. La intervención dura siete u ocho minutos y luego la paciente descansa en una salita pequeña, con una camita de 90, donde recibe visitas, flores y peluches. «Que esté la pareja con ellas es muy importante, sobre todo para las más jovencitas, aunque algunos chavales se quedan en la sala de espera, no quieren entrar, están desubicados», cuenta la psicóloga de Gijón.
El novio de Lara no la acompañó a abortar, fueron sus padres. Ellos están en contra de la relación porque «el chiquillo no la influye bien». Ahora, ni novio y casi ni amigas. «Antes podía ir a donde quisiera, pero ya no. Cada vez que sale por la puerta el padre tiembla, va a buscarla a la salida del colegio». Lara no entiende el ‘seguimiento’ al que le someten y la convivencia en casa se ha convertido estas semanas en «una pelea continua». «Estamos todo el día enfrentados y la niña lleva una presión encima que un día va a pegar un patinazo…».
Porque la pesadilla no acabó cuando salió de la clínica. «Entonces pensé: ‘ya terminó’, pero queda mucho cacho, y va a ser tan duro o más. La confianza es la base de todo y mis padres ya no van a confiar en mí como antes». Lara sigue con la cabeza gacha. No le «gusta» hablar del aborto y agradece que acabe la entrevista. Las fotos se hacen más llevaderas. «Aquí mandas tú», le ofrece el fotógrafo. «Pues aprovecha, hija, aprovecha…». Y de la ironía le nace a la madre una sonrisa.

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